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7 claves del modelo exportador

Las ventas internacionales se ralentizan y no todo es culpa del Brexit ni Trump y la guerra comercial

Foto: Andy Graf

El sector exportador ha vivido unos años de expansión y consolidación importantes, pero sigue habiendo sombras y alguna amenaza latente. El reciente frenazo es un aviso a navegantes. Repasamos algunas cuestiones que condicionan el futuro de un sector que tiene que renovarse y recuperar viejos bríos ahora algo alicaídos.

El frenazo exportador ha sido brusco en los últimos meses de 2018 y hasta los más conspicuos analistas se han visto sorprendidos por el radical cambio de tendencia, que habrá que ver si se consolida o ha sido meramente circunstancial. El caso es que, más allá de la coyuntura internacional, ciertamente turbulenta con las amenazas de la retórica trumpiana, los riesgos de un Brexit alocado o el frenazo chino, existen una serie de cuestiones que condicionan el desarrollo futuro del modelo exportador.

Endeudados. O salimos o morimos. Bajo esa máxima lleva el país desde el inicio de la crisis. Endeudados hasta las cejas, el país ha de crecer por la vía de las exportaciones. Es, se quiera o no, una germanización necesaria de un modelo, el anterior, de sol y ladrillo, que ya no daba más de sí. Ante el reto de cambio de patrón de crecimiento, lo cierto es que ha habido avances, algunos sustanciales, pero insuficientes. Los riesgos y amenazas, aún latentes, se mantienen impertérritos ante una situación de suma debilidad externa. El país está sobre endeudado y, si bien ha habido un desapalancamiento familiar y empresarial, la deuda pública se ha disparado. En resumidas cuentas, el país debe mucho y las deudas, a la espera de inimaginables quitas, se han de pagar. Ese endeudamiento público obliga a mantener, si no subir, la presión fiscal, lo que limita la capacidad de consumo de las familias que, si bien tienen aún a bastantes familiares en paro, los que han encontrado empleo no lo han hecho con unos salarios muy altos. Así pues, a exportar. Y a todo esto, contando que el flujo monetario del BCE seguirá un tiempo sin meter presión a aquella prima que un día todos descubrimos tener: mientras se mantenga baja, todo irá bien.

El euro. A diferencia de crisis anteriores, como la de los 90, en la última, la única manera de ganar competitividad fue una devaluación interna. En lo más duro de la crisis, el euro estaba disparado en su cotización frente al dólar, pues la Fed ya imprimía de más y Berlín mantenía bajo siete llaves la imprenta de Frankfurt. Cuando la crisis de la prima de riesgo hizo temer lo peor, entonces y solo entonces, Draghi dijo aquello de whatever it takes. En cualquier caso, las empresas ya habían empezado a hacer frente a una reducción de empleo y salario histórica. El ajuste fue brutal. Así pues, en la UE actual, más allá de la excepcional anormalidad actual, el euro tarde o temprano tenderá a fortalecerse fruto del descomunal superávit alemán, con lo que las empresas catalanas y españolas bien harían en ganar cuotas de mayor eficiencia y productividad si quieren reforzar su presencia en el exterior. El euro no se toca. Esa es la máxima teutona que todos hemos de interiorizar.

Patrón geográfico. Con la entrada en la UE en 1986, se reforzó una dinámica que está costando mucho voltear: Catalunya y España exportan cada vez más, sí, pero sobre todo a Europa. Y el Viejo continente es hoy la región del planeta más madura y con menor crecimiento económico del planeta. Es decir, las empresas, si su apuesta exterior es real y estratégica, deberían apostar por aquellos mercados que más crecen y mayor tamaño tienen. Es cierto que esa dependencia para con el mercado europeo ha disminuido, pero muy lentamente. Para entendernos: en 2018, Catalunya exportó 26 veces más a Francia, su principal mercado, que a la India, la segunda potencia demográfica del mundo.

Dependencia energética. Jaume Albertí decía no hace mucho en una entrevista en ESCIUPFNews que parte del problema medioambiental reside en el poder que los países consumidores ofrecen a los países productores de energías fósiles. Pues bien, ese es el caso de España. País consumidor e importador neto de energía, si el precio del petróleo se dispara, el déficit comercial enrojece. Y eso significa, indefectiblemente, una transferencia de renta innecesaria hacia otras latitudes. De hecho, en algunos de los últimos ejercicios, si no hubiera sido por la factura energética, el país hubiera obtenido superávit comercial. Uno de los retos de futuro es reducir las importaciones energéticas. ¿Cómo? Aumentando la eficiencia en el consumo y promoviendo energías renovables y limpias producidas internamente. La balanza comercial y el aire que respiramos lo agradecerán.

Falta de valor añadido. España tiene una estructura productiva y exportadora bastante transversal. El reto, ahora, es dotar a la venta de más valor añadido. De conseguirlo, con el mismo volumen de exportaciones, el beneficio sería mayor. Para lograrlo, son muchos los retos a abordar: mejorar la imagen de marca, dotar de más calidad y contenido tecnológico a las exportaciones y ofrecer un servicio exquisito, sería un buen comienzo. Esa falta de valor añadido también nos expone a un mal muy presente: la globalización multiplica exponencialmente la competencia. Y es más fácil suplir un producto barato, que el que está cargado de calidad, prestigio y eficiencia. Es más, sin valor añadido, no subirá ni el salario ni el beneficio, y estaremos permanentemente expuestos a deslocalizaciones o sustituciones de productos por parte de terceros. Los hay que han aprendido tarde la lección: si apuestas por precio, siempre habrá alguien que produzca más barato. Ya podemos batir el récord de producción y exportación en vino, que si vendemos mayoritariamente a granel, el beneficio será francés. Y lo mismo con el aceite, que el mérito será para los italianos. Somos el paradigma del fast fashion, pero el bolso caro procede de París o Milán. Y los coches, de Alemania: si tenemos en Martorell una factoría fabricando el León, el Ibiza o el A1 a todo trapo, ¿cuántos más tenemos que fabricar para ganar lo mismo que gana Audi montando en otras latitudes el Q7?

Cuestión de tamaño. Otro reto es el del dimensionamiento empresarial. Y en esto, a falta de la mentalidad germánica, vamos de la mano de los italianos. Países con una estructura de empresas medianas y pequeñas como el nuestro se dan cuenta ahora que para competir en los mercados globales hay que ser grandes, tener recursos y capacidades suficientes para aguantar el pulso a empresas procedentes de mercados descomunales. Es una evidencia empírica contrastada que cuando más grande eres, más exportas. Si el país no consigue articular estrategias de crecimiento empresarial eficientes, las pymes van a estar al albur de los tiempos: dependiendo de su capacidad de ahorro y de financiación bancaria, con limitaciones en recursos humanos y materiales evidentes, su internacionalización estará condicionada por techos de cristal difíciles de sortear. Las más aventajadas y avezadas saldrán a exportar, pero como siempre, empezarán por Francia y Portugal. ¿Cuántas apostarán por países emergentes como India, China o Indonesia? ¿Cuántas tendrán capacidad de deslocalizar? ¿Cuál será su fuerza de negociación? O crecemos en tamaño o seremos cada vez más insignificantes en un mundo de gigantes.

Alta concentración exportadora. Enlazado con el punto anterior, tenemos una estructura empresarial dualizada. Los que exportan, cada vez lo hacen más, pero especialmente los más grandes. Así que tenemos que conseguir dos objetivos en uno: el primero, ya citado, crecer en tamaño; el segundo, creciendo en tamaño, creceremos en número (más empresas exportarán) y en volumen (más exportaciones por empresa). A día de hoy, las 5.000 empresas más exportadoras concentran más del 80% de las ventas internacionales. La clave reside en conseguir que más empresas se conviertan en exportadoras regulares (lo que supone vender en el exterior en los últimos cuatro años de manera ininterrumpida): en 2018, la cifra rondaba las 51.700 en toda España. Insuficiente si queremos, de verdad, que el sector exterior sea un motor que sume de manera regular sin miedo a quedar gripado.

Así pues, son numerosos los retos para devolver al sector exportador un dinamismo que ha perdido en las últimas fechas. Aceptando la influencia de los vaivenes del contexto internacional, hace falta resolver nudos gordianos que dependen de la gestión diaria de las empresas y de una política económica que no ponga palos en las ruedas. Que en 2018, como recordaba recientemente el Club de Exportadores, las ventas internacionales en España crecieran por debajo de la zona euro por primera vez desde 2006 no es culpa de nadie más que de los hándicaps y problemas internos. Parece que el efecto reformista ha perdido fuerza. Falta, y es tarea de todos, un nuevo arreón al empuje exportador.

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