Xavier Fornt, profesor de Banca internacional en el Master in International Management, escribe sobre la evolución de distintas formas de dinero supranacional no físico y cómo funcionan para garantizar la estabilidad de precio en sistemas monetarios fragmentados.
Las divisas y los sistemas monetarios, para ser aceptados y duraderos, requieren básicamente de estabilidad: la volatilidad de los tipos de cambio es su peor enemigo. Así fue en el pasado y así es en el presente.
Los Derechos Especiales de Giro (DEG) fueron creados en 1969 por el FMI como un activo de reserva internacional para complementar las reservas oficiales de los países miembros. No son una moneda física ni digital, sino un derecho potencial a obtener monedas de libre circulación (como dólares, euros, yenes, libras o yuanes).
Su valor se basa en una cesta de monedas revisada periódicamente por el FMI que se asigna a sus países miembros en proporción a su cuota —especialmente en momentos de crisis— para reforzar la liquidez internacional.
Los países pueden intercambiar DEG por divisas reales con otros países o utilizarlos para pagar obligaciones al FMI. No circulan entre el público ni se usan para pagos privados: son un instrumento contable y financiero entre Estados y organismos internacionales.
En síntesis, los DEG son un precedente clave de dinero supranacional no físico, diseñado para estabilizar el sistema monetario internacional sin depender de una sola moneda nacional.
La European Currency Unit (ECU) fue una unidad de cuenta creada en el marco del Sistema Monetario Europeo y utilizada hasta 1999, cuando fue sustituida por el euro. La ECU no constituía una moneda de curso legal, sino una cesta ponderada de divisas nacionales de los Estados miembros, diseñada para preparar la llegada de la nueva moneda única europea. Su valor se basaba en la combinación de monedas como el marco alemán, el franco francés o la lira italiana, con ponderaciones revisadas periódicamente, y su función principal era mitigar la inestabilidad cambiaria entre monedas europeas, sin eliminar aún la soberanía monetaria de los Estados miembros.
Actualmente, y de forma similar, las stablecoins son activos digitales desarrollados en el contexto de la tecnología blockchain cuyo objetivo principal es mantener la estabilidad de precio frente a una moneda de referencia, generalmente mediante un respaldo directo en activos líquidos.
Ejemplos representativos son Tether (USDT) y USD Coin (USDC), vinculados al dólar estadounidense, o Circle (EURC), vinculado al euro. A diferencia de la ECU, normalmente las stablecoins no se basan en una cesta de monedas (salvo proyectos experimentales), sino en una paridad directa uno a uno con una moneda fiduciaria concreta.
Desde una perspectiva funcional, ambos instrumentos comparten un objetivo central: proporcionar estabilidad en contextos de fragmentación monetaria. La ECU actuó como una referencia supranacional que reducía la incertidumbre cambiaria entre economías nacionales con políticas monetarias propias. De manera análoga, las stablecoins operan hoy como instrumentos de estabilidad dentro de un ecosistema financiero digital caracterizado por la coexistencia de múltiples criptoactivos altamente volátiles.
No obstante, hay algunas diferencias estructurales. La ECU era un instrumento institucional y centralizado, creado y gestionado por autoridades públicas y sustentado en la credibilidad política y económica de los Estados miembros. Las stablecoins, en cambio, son generalmente emitidas por entidades privadas, como Circle o Tether, y su credibilidad depende de la existencia efectiva de reservas y de auditorías independientes. Y, cada vez más, también de su adecuación a marcos regulatorios como el Reglamento MiCA (Markets in Crypto-Assets) de la Unión Europea, que entró en vigor a finales de 2024 para establecer un marco regulatorio común para los mercados de criptoactivos en toda la Unión.
Existen, sin embargo, paralelismos conceptuales relevantes. Algunos proyectos de stablecoins basados en cestas de activos (como el de Libra, posteriormente conocido como Diem) evocan directamente la lógica de la ECU, al buscar la estabilidad mediante diversificación y no mediante la vinculación exclusiva a una sola moneda. Aunque estos proyectos no han alcanzado una implementación plena, ilustran cómo la idea subyacente de la ECU reaparece en el diseño monetario digital contemporáneo.
En conclusión, la ECU puede entenderse como un antecedente histórico conceptual de ciertos desarrollos actuales en el ámbito de las stablecoins. Mientras que el primero fue un instrumento transitorio hacia una moneda soberana única, las segundas representan una innovación tecnológica no soberana orientada a la eficiencia, la programabilidad y la interoperabilidad global.
Sin embargo, los dos sistemas reflejan intentos de responder a un mismo problema económico fundamental: cómo generar confianza y estabilidad en unidades de valor utilizadas más allá del marco de una moneda nacional única, aunque en contextos históricos, tecnológicos y regulatorios profundamente distintos.
En conclusión, las stablecoins reproducen, en un contexto tecnológico radicalmente distinto, una lógica histórica ya observada con la ECU: la creación de unidades de valor estables para ordenar sistemas monetarios fragmentados. Ambos casos muestran que la innovación monetaria suele avanzar por fases intermedias, en las que la estabilidad precede a la soberanía plena y la funcionalidad económica se impone antes que la institucionalización definitiva.
¿Y el futuro? A pesar de que sea un tema sobre el que he analizado y debatido de forma recurrente con distintos colegas y de haber leído mucha literatura al respecto, no me atrevo a pronosticarlo. Y es que, como se suele decir, los economistas nos pasamos media vida haciendo predicciones y la otra media explicando por qué fallaron.
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