Negocios

Brexit, el dilema

  • Pelayo Corella, 27 de Noviembre de 2017
  • 2 mins de lectura
Ignacio Iturralde, profesor del GNMI, junto con el conferenciante Paul Clark, Economic and Labour Affairs Attaché de la Embajada del Reino Unido en Madrid

Un problema de soberanía: el querer tener más control en numerosas políticas cedidas a Bruselas desembocó en el Brexit, cuyo resultado presenta una complicada tesitura que está por ver cómo finaliza.

Un David Cameron asediado por los sectores más euroescépticos de la política y la sociedad británica se comprometió con sus conciudadanos a renegociar cómo tenía que ser la relación futura del Reino Unido (RU) y la Unión Europea (UE). Fue, coinciden los analistas, una apuesta para afianzar su liderazgo dentro del partido Conservador. No fue fácil, pero se consiguió un acuerdo con Bruselas que tenía que ser refrendado por el pueblo británico en referéndum. Y lo inesperado se convirtió en realidad. A pesar de lo ajustado de la votación, los británicos optaron por el leave. Y con esa decisión, enriquecieron el lenguaje con una nueva palabreja que ha hecho historia: Brexit.

En este contexto, el dr. Ignacio Iturralde, profesor de la asignatura Cultura y Negocios en Europa del Grado en Negocios y Marketing Internacionales, ha invitado al sr. Paul Clark, Economic and Labour Affairs Attaché de la Embajada del Reino Unido en Madrid, para hablar sobre esta espinosa cuestión.

Una vez que Theresa May, la Primera Ministra que sustituyó al dimitido David Cameron al frente del 10 de Downing St, solicitó la salida del RU de la UE, el calendario echó a andar. Dos años en los que se ha de negociar una nueva realidad con intereses entrecruzados. Mucho trabajo para tan poco tiempo.

El primer paso ya se ha dado: acordar un calendario entre la Comisión Europea, que representa los intereses de los 27 países restantes, y el gobierno británico. El segundo, también: las negociaciones se han iniciado, pero ya acumulan retrasos.

El acuerdo de negociación, recuerda Clark, preveía que primero se negociaría el acuerdo de divorcio y después las condiciones de la relación futura. Los británicos eran partidarios de una negociación más abierta en la que se avanzara en todas las materias a la vez. Pero Bruselas no cedió en ese punto: quería y quiere cerrar antes tres cuestiones que condicionarán el futuro. Las dos partes quieren preservar casi todos los derechos de estos ciudadanos; la espinosa cuestión de la frontera irlandesa; y, por último, un acuerdo financiero sobre las aportaciones que el RU ha de hacer en relación a los programas y políticas en vigor.

No es fácil la solución. Clark considera que “los próximos 15 días serán decisivos, pues los líderes europeos han de tomar una decisión sobre si avanzan en la negociación y pasan a hablar sobre la relación futura”.

Y esa relación futura, opina Clark, será decisiva para ambas partes. El representante de la Embajada Británica recuerda que el superávit que mantiene España con el RU en materia de comercio y servicios en 2016 ascendía a 13.400 millones de libras esterlinas (al cambio actual, unos 15.000 MEUR). De cómo finalice esa alambicada negociación, dependerá el futuro comercial de muchas empresas a los dos lados del canal, españolas y catalanas incluidas.

Lo que es indudable, señala Clark, es que “no hay vuelta atrás”. El proceso está en marcha y aunque ahora sea difícil imaginar una solución a este nudo gordiano, el Reino Unido intentará mantener los lazos económicos, recuperar soberanía y no perder comba en un mercado, el comunitario, que aún hoy es el más importante para sus empresas.

Clark ha explicado que el RU busca una relación de futuro especial y única, dado que los modelos existentes (sea Noruega, Canadá o Turquía) no son adecuados. Si no se llega a un acuerdo, pasará a regirse por las normas de la OMC, lo que causaría estragos para todos por la imposición de elevados aranceles en algunos sectores económicos con fuerte incidencia en las economías británica y europea.

¿Y la situación macroeconómica en el Reino Unido? Clark ha explicado que la flexibilidad de la economía británica, unida a la política de tipos de interés (en perspectiva histórica, muy bajos) ha llevado a reducir la tasa de paro por debajo del 5%, aunque se empiezan a notar los efectos de la devaluación de la libra, pues la inflación ha subido más que los salarios. Esa devaluación permite ganar competitividad en las exportaciones, pero en paralelo, encarecer las importaciones.

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